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Colonialismo interno y autonomías |
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Escrito por Raúl Romero
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Jueves, 16 de Mayo de 2013 09:54 |
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Durante la primera mitad del siglo XX, los trabajos sobre el colonialismo cobraron cierta notoriedad en las ciencias sociales, lo anterior debido a las luchas por la independencia que emprendieron los pueblos de las antiguas colonias en la misma época. Jean-Paul Sartre define esta etapa como el momento en el que “el Tercer Mundo se descubre y se expresa a través de esa voz. Ya se sabe que no es homogéneo y que todavía se encuentran dentro de ese mundo pueblos sometidos, otros que han adquirido una falsa independencia, algunos que luchan por conquistar su soberanía y otros más, por último, que aunque han ganado la libertad plena viven bajo la amenaza de una agresión imperialista” 1 .
Como fenómeno concreto, el concepto de colonialismo hace referencia a la relación de dominación y explotación en la que unos países –generalmente potencias económicas y militares-, someten a otros países y se apropian de su territorio. Los primeros son conocidos como metrópolis , mientras que a los segundos se les ha nombrado colonias o protectorados .
El colonialismo como proceso histórico encuentra dos grandes momentos: 1) la colonización de América, con la cual se vieron beneficiados principalmente España, Portugal, Gran Bretaña y Francia, y 2) la colonización, durante los siglos XVIII, XIX y parte del XX, de algunas regiones de África, Asia y Oceanía, por parte de Gran Bretaña, Francia, Alemania, Portugal, Bélgica e Italia. Es fundamental señalar que esta segunda ola colonizadora cuenta con un nuevo ingrediente producto de la revolución industrial: el capitalismo como sistema político y económico dominante .
En un ejercicio por definir algunas características del colonialismo, podríamos decir que:
Como categoría de análisis sólo es posible debido a las luchas de los pueblos por su conformación como Estados-nación independientes.
Describe relaciones de explotación y dominación de corte internacional , es decir, de un Estado-nación sobre otro u otros pueblos.
Adquiere su forma de ideología y se materializa como política sistemática , es decir, como política recurrente, ordenada y metódica
Tiene desde sus orígenes fines fundamentalmente políticos y económicos , por lo que implica un problema estructural y no sólo racial o cultural .
Se emprende bajo el falso mito de llevar civilización y progreso, se complementa perfectamente con las estructuras pre-capitalistas pues las metrópolis monopolizan la explotación de los recursos naturales de las colonias, obtiene de los colonizados un ejército de reserva de mano de obra barata , construye nuevas rutas para la importación de materias primas y la exportación de sus productos , al mismo tiempo que aseguran ingresos fiscales , por mencionar algunos elementos.
Ahora bien, el desarrollo de nuevos mercados , la acumulación de capital y la formación de monopolios durante el colonialismo potenció el desarrolló del capitalismo , a tal grado que, según V. I. Lenin, el capitalismo encontró una de sus formas más organizadas: el imperialismo , el cual se caracteriza por:
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Escrito por Santiago Alba Rico
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Miércoles, 15 de Mayo de 2013 12:15 |
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Hay algo tan formidablemente mágico, tan escandalosamente libre, en el hecho de poder vincular mediante el lenguaje dos criaturas distantes que la metáfora, y su hermana la comparación, han sido siempre el campo abonado de todas las audacias (“espadas como labios”) y de todas las manipulaciones (“judíos como insectos”). Su eficacia creativa se basa, en todo caso, en el carácter “incuestionable” de uno de los términos -el llamado “vehículo”-, cuya realidad fuerte absorbe el término subjetivo de la comparación. Nunca el alma o los dientes de mi amada serán tan blancos como la nieve, pero si la nieve “blanquea” su belleza es porque todos aceptamos la blancura de la nieve como objetiva, indudable, fundacional. Es la nieve, por así decirlo, la que vuelve blancas las cosas blancas. Y es por eso que las metáforas suelen tener por lo general una de sus raíces en la naturaleza: la nieve, el cielo, las perlas, el mar, los insectos. O lo que es lo mismo: en elementos sobre los cuales todos estamos de acuerdo.
El peligro -para el periodismo y la política- estriba en que toda metáfora naturaliza uno de los términos, genera la ilusión de que lo sabemos todo acerca de la mitad dura de la comparación. Lo más terrible quizás de la frase de Cospedal (“los escraches son puro nazismo”) no es que identifique el acoso ejercido por las víctimas -pues las víctimas también pueden acosar sin dejar de serlo- con los verdugos de los judíos; lo más terrible es que petrifica el nazismo más allá de toda investigación o de todo aprendizaje.
Leyendo esta declaración -o el artículo, en dirección inversa, del gran historiador Josep Fontana- uno se pregunta con qué se comparaba al nazismo rampante en 1933 o en 1935 o en 1939. Como el nazismo no era aún “nazismo” sino una opción ideológica legítima y popular, los que percibían sus amenazas recurrían, por ejemplo, al imperio romano o al colonialismo racista europeo. Así lo hizo la mística y militante Simone Weil desde muy pronto sin que nadie, ni en Alemania ni en Francia, le hiciera mucho caso. Es verdad que ni el imperio romano ni la empresa colonial eran “vehículos” duros naturalizados en la unanimidad de los ciudadanos; de hecho, el fascismo italiano reclamaba con orgullo la herencia de Roma e incluso sectores comunistas condescendían con el colonialismo. De ahí que la comparación de Simone Weil no fuera una “metáfora” sino una “investigación” que cuestionaba, mientras los ponía en relación, los dos términos así aproximados. Quizás por eso no logró alertar a nadie: porque ni el imperio romano ni el colonialismo amedrentaban o escandalizaban a los europeos; pero quizás por eso en los textos de Weil aprendemos mucho, al mismo tiempo, acerca del imperialismo romano y del totalitarismo del III Reich.
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Escrito por Moisés Sánchez Limón
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Miércoles, 15 de Mayo de 2013 12:05 |
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En política no es casual el cobro de facturas ni los ajustes de cuentas en tribuna o mediante el entorpecimiento de iniciativas de reformas constitucionales o de leyes secundarias. Es una sui generis práctica de la Ley del Talión: ojo por ojo, diente por diente.
Vaya, en todo caso, se reduce al simplista procedimiento coloquial de “el que se ríe se lleva”. No, no hay casualidades y nadie debe asombrarse en la elemental fórmula de que toda causa tiene un efecto.
Quizá por eso Gustavo Enrique Madero, presidente nacional del PAN, tomó con filosofía básica la revelación de que César Nava Vázquez fue demandado en una Corte de Estados Unidos por Petróleos Mexicanos, bajo el cargo de “conspiración criminal”, es decir, fraude en contra de la paraestatal.
Junto con Nava Vázquez la demanda se fincó contra las empresas Siemens y SK Engineering, propiedad de Jaime Camil y Luis Enrique Bouchot, quien fuera director jurídico de Pemex. Para ser algo fabricado, como presume Madero, hay elementos de peso que llaman la atención en el entorno de este trío de cómplices.
Pero el tema es Nava. Un michoacano que muy joven se hizo millonario sin conocerse el antecedente de su fortuna, porque incluso cuando presentó su declaración patrimonial como jefe de la Oficina de la Presidencia, en mayo de 2008, reveló propiedades con valor menor al costo del departamento que le regaló a su segunda esposa, Patylú, en Polanco; muy por debajo de su salario anual que ascendía a dos millones 383 mil pesos.
Será que como diputado federal en la LVIII Legislatura, dirigente nacional del PAN, asesor jurídico de la Secretaría de Energía (con Felipe Calderón como secretario), y luego director jurídico de Pemex, ganó tanta lana como para darse el pequeño lujo de regalarle a su prometida un departamentazo con valor superior a los siete millones de pesos; la primera versión lo tasó en más de 15 millones de pesos.
Paráfrasis del filósofo Felipe, “haiga sido como haiga sido”, lo cierto es que no cualquier empleo deja a un político en ascenso la posibilidad de darse esos lujos. Para pagar el depar debió haber destinado mínimo tres años de su salario íntegro. ¿Le creemos?
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Y si, prestigiar al magisterio |
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Escrito por Francisco Rodríguez
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Miércoles, 15 de Mayo de 2013 11:56 |
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Hace justo un año leyó usted aquí la colaboración editorial intitulada “Prestigiar al Magisterio”. Las circunstancias ameritan que, con su venia, esas palabras vuelvan a ser leídas:
“Contrario a lo que sucede en países como Finlandia –nación con la que se compara a la nuestra en materia educativa–, donde ser maestro tiene gran prestigio social, en México cada vez más los trabajadores de la educación son considerados cual profesionistas de segunda.
“La buena consideración que en Finlandia hay hacia el magisterio se refleja en los resultados de las pruebas Pisa, en la excelencia requerida para ingresar a la carrera docente y en buenos salarios.
“El maestro mexicano, hace tiempo, perdió todo tipo de consideración social. Si estudió pedagogía o acudió a prepararse a una Normal, se dice, fue quizás porque no le alcanzó el promedio para hacer “una carrera seria”.
“Si pide un sueldo decente y tiempo remunerado para leer, investigar, preparar clases, evaluar o, simplemente, recuperarse de sus extenuantes jornadas, le endilgan “falta de mística”.
“Una maestra me contó que, en un congreso pedagógico, varios académicos españoles declararon que los maestros de su país eran excelentes, en tanto que otro objetó que no se podía generalizar, pues también había maestros apenas buenos, otros regulares y algunos malos.
“A la maestra mexicana dedicada a formar maestros como ella, le pareció insólita la discusión porque aquí se parte de la generalización contraria: los maestros son considerados pésimos; una caterva de ‘izquierdosos’, que hace paros para exigir reivindicaciones como salud, vacaciones y pensión, y que protesta porque le aumentan el número de estudiantes y la carga académica.
“¿Estudiar pedagogía? Te vas a morir de hambre, es la reacción automática.
“Ahora, ¿qué mexicano se enorgullece de tener un hijo maestro, como se ufana de tener hijos médicos o abogados?
“Porque esa es otra representación social: maestro se asocia con sacrificio, apostolado, paciencia y pobreza.
“O ¿qué maestro mexicano ha llegado a ser secretario de Educación, por ejemplo?
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China, fábricas y pobreza |
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Escrito por Colectivo Novecento
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Martes, 14 de Mayo de 2013 11:44 |
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En su artículo del pasado viernes, Roger Senserrich calificaba como moralistas a las múltiples críticas vertidas contra las inhumanas condiciones laborales que sufre la clase obrera bangladesí en fábricas como la que se derrumbó en Dacca. Asimismo afirmaba que las citadas fábricas, que trabajan para las empresas transnacionales del textil, son “probablemente lo mejor que le ha pasado a los pobres de Bangladesh en décadas”. Y argumentaba que gracias a la estrategia, habitualmente conocida como de crecimiento impulsado por la exportación, su economía estaba siguiendo los exitosos pasos de otras, como la china, que habían reducido la pobreza merced a ese tipo de crecimiento.
Desconozco si el señor Senserrich tiene un conocimiento suficientemente profundo de la economía bangladesí como para sostener todo lo que afirma. Pero su interpretación de las supuestas enseñanzas que Bangladesh puede sacar del proceso chino de desarrollo es incorrecta. Primero, la relación entre la citada estrategia y la reducción de la pobreza que se ha producido en China es cuestionable. Segundo, los mecanismos que explican el éxito del gigante asiático son de una complejidad mucho mayor que la que Senserrich plantea. Además, el autor no toma en consideración las negativas consecuencias que la estrategia exportadora ha generado (y genera) a nivel global al ser puesta en marcha por muchos países al mismo tiempo.
Para empezar, la importancia que la inversión extranjera ha tenido para la economía china ha sido menor de lo que habitualmente se afirma. En concreto, según las estadísticas de la UNCTAD, la inversión extranjera recibida ha supuesto porcentajes inferiores al 7% (en Bangladesh al 5%) respecto al total de inversión productiva, menos de la mitad que la media para los países en desarrollo. En China el crecimiento económico se ha alimentado, sobre todo, por la continua reinversión de beneficios por parte de las propias empresas del país, entre ellas las de los sectores estratégicos controlados aún por el Estado. Es decir, que, como mínimo cuantitativamente, las fábricas de bajos costes laborales han sido más importantes para el negocio de las transnacionales, que la llegada de éstas para el crecimiento de los países asiáticos.
Lo que es más importante, las mayores mejoras del nivel de vida de la población china no se han producido gracias a su apertura externa, sino a dos reformas agrarias. Los cálculos de las cifras de pobreza de China que son tomados como referencia muestran que su mayor reducción ocurrió durante las décadas previas a que, después de entrar en 2001 en la Organización Mundial del Comercio, China se integrase definitivamente en el mercado mundial. La consecución de la propiedad colectiva de la tierra en 1949, y su cesión en usufructo a las familias campesinas desde 1981, fueron suficientes para aminorar de manera sustancial la pobreza en un país que, aunque tiene una densidad de población menor que la de Bangladesh, padece uno de los porcentajes de tierra arable más bajos del mundo. Es decir, que existen alternativas a la industrialización por exportaciones para luchar contra la pobreza.
Por otro lado, Senserrich tampoco explica correctamente ni las causas ni las consecuencias de la explotación que se da en esas fábricas. La generación de lo que el autor denomina “oferta de campesinos” no responde a una decisión libre de aquéllos, sino que se encuentra relacionado con la evolución de los precios de los productos agrícolas. En China el gobierno los controla a través de la fijación de precios mínimos de compra. Debido a que desde mediados de los noventa los contuvo, se desencadenó un flujo de migración campo-ciudad de entre 200 y 300 millones de personas, en buena medida mujeres, que han sostenido la expansión de la economía china sobre la base de unas miserables condiciones laborales y unos salarios muy inferiores a su productividad.
A la inversa, el reciente incremento de los salarios industriales en China no es fruto de una reducción automática de la fuerza de trabajo migrante y una posterior inversión en bienes de equipo como las que Senserrich vislumbra en Bangladesh. Primero, en China dicha inversión solo ha provocado que el empleo crezca más lentamente, reduciendo, no aumentando, el poder de negociación de los trabajadores. Segundo, la contención de la migración y el incremento de los salarios sólo se han dado cuando, junto con otras medidas, el gobierno chino ha presionado de nuevo al alza los precios agrícolas. Es decir, que: i) las pésimas condiciones económicas que obligan a los campesinos a emigrar son creadas; y, ii) la mejora de los salarios industriales no se dará hasta que no se pongan en marcha las políticas adecuadas para ello.

Pero, además, de todo lo anterior, el señor Senserrich obvia algunas cuestiones fundamentales para poder evaluar adecuadamente la estrategia de crecimiento guiado por la exportación, en especial todo lo que tiene que ver con su efecto sobre la desigualdad de la renta. El empeoramiento de esta permite cuestionar por sí mismo los logros del crecimiento económico, pero resulta, también, importante porque es lo que explica la persistencia de la pobreza que se da en muchas economías a pesar de su crecimiento. En la china el incremento de la desigualdad desde un índice de Gini de 29 puntos en 1985 hasta uno de entre 47 y 61 en los últimos años ha provocando la aparición de fenómenos de pobreza urbana que apenas existían antes de la apertura externa.
En Bangladesh las estadísticas del Banco Mundial dicen que el índice de Gini habría disminuido ligeramente desde los 33 a los 32 puntos entre 2000 y 2010. Sin embargo, diversos estudios plantean que la desigualdad sería mayor (46 puntos) y se habría incrementado, aunque también levemente (desde los 45). Esta evolución explicaría el, en realidad, lento ritmo de reducción de la pobreza del que alertan. Algo que ha llevado a UNICEF a abogar por concentrase en la lucha contra las desigualdades, en vez de en el fomento del crecimiento, como método para disminuirla, especialmente en las nuevas barriadas urbanas, donde las condiciones de vida son incluso peores que en el campo.
Por otro lado, Senserrich tampoco tiene en consideración que la evolución de la desigualdad en estos países ha sido un factor clave en el empeoramiento de la distribución de la renta y la pobreza en el resto del mundo. El crecimiento de los salarios por debajo de las mejoras de la productividad de los trabajadores ha provocado una muy importante pérdida de participación de aquellos en la renta nacional, tanto en China, como en buena parte de Asia. Estas pérdidas se han traslado directamente, vía presión competitiva externa y amenazas cumplidas de deslocalización productiva por parte de las transnacionales, a una sustancial caída de esa misma participación de las rentas salariales en muchos otros países del mundo (Gráfico 1).
Gráfico 1: Participación de los salarios en la renta nacional (%) Fuente: AMECO y cálculos propios para China
Dicha caída ha provocado un mayor enriquecimiento de las familias más ricas de esos países, al igual que en China (Gráfico 2), y también un incremento de la pobreza debido, entre otras cuestiones, a la aparición de los denominados working poors (personas que, a pesar de tener uno o más empleos, tienen un nivel de ingresos inferior a la línea de la pobreza). Todo ello muestra que la estrategia de crecimiento a través de la exportación es un juego de suma cero: si un país pone en marcha políticas de contención de salarios para mejorar su competitividad, lo que ganan en empleo sus trabajadores lo pierden otros en empleo, derechos e ingresos, siendo las empresas y los inversores los realmente beneficiados por el proceso, ya que mantienen sus márgenes e ingresos a pesar de la competencia externa.
Gráfico 2: Participación del 10% de familias más ricas en la renta nacional disponible (%) Fuente: World Top IncomesDatabase y calculos propios para China
Además, dado que los supuestos efectos positivos de la contención salarial sobre la competitividad se anulan recíprocamente, la estrategia exportadora impulsa el crecimiento de unos países a costa de otros. Es imposible que todos se beneficien de él, algo que no se dice cuando se llama a hacer como China: abrirse al mercado mundial y ganar competitividad a toda costa para exportar, crecer y salir de la crisis. De hecho, es una cuestión que Senserrich sólo menciona de pasada al referirse a Vietnam o Filipinas.
Pero más aún, la evidencia empírica demuestra que, en conjunto, las políticas de apertura externa y desregulación laboral emprendidas durante las últimas décadas ralentizaron las tasas de crecimiento a nivel global. No sólo eso, sino que el autor tampoco se preocupa de que si, en contra de la evidencia, la estrategia de crecimiento orientado a la exportación permitiese mejorar el desempeño de todas las economías, los límites ecológicos del planeta frenarían una hipotética reducción de la pobreza antes de que pudiese hacerse realidad.
Existen muchas razones más (como las expuestas en los múltiples comentarios que el artículo suscitó) para cuestionar los decimonónicos argumentos que esgrime el señor Senserrich. Haber utilizado estos antes del estallido de la crisis podría haber sido calificado de ingenuo. Hacerlo ahora, cuando la conculcación de nuestros derechos más básicos, además de amenazar con desencadenar una profunda dislocación social, está provocando sufrimientos como los que presenciamos cada día, aquí y en el resto del mundo, debería ser tildado, como mínimo, de irresponsable. Y revela las perversas consecuencias que provoca intentar reducir los debates económicos, políticos y sociales a una cuestión de argumentos técnicos supuestamente neutrales.
(Colectivo Novecento)
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